Esta mañana nos despertamos con la triste noticia de que el periquito de mi hermana había fallecido tras pasar nueve años con nosotros. A pesar de ser prácticamente un buitre hambriento reencarnado en el cuerpo de un simpático pajarito, a todos nos ha afectado la noticia. Sí, pese a que todo el contacto que pudimos establecer con él fueron picotazos cada vez que acercábamos la mano o había que meterla en la jaula para rellenar sus comederos, nueve años de heridas y cicatrices logran forjar algo parecido al aprecio.
Mi hermana y yo estábamos solos en casa, y ella inmediatamente se ha venido abajo. No podía siquiera acercarse a ver la jaula para no quedarse con la imagen de su mascota en ese estado grabada en la mente, lo cual me ha puesto en una interesante situación. Yo, que no puedo ver animales o personas muertas, tenía que encargarme del enterramiento. Presencié la muerte del periquito anterior y me causó un trauma enorme. Lo mismo me ocurrió cuando, desafortunadamente, vi a mi abuela materna expuesta en el velatorio. Muchas noches pasé sin poder dormir con aquellas imágenes metidas en la cabeza, por lo que, en la medida de lo posible, intento evitar estas situaciones. Y, sin embargo, esta mañana me tocaba a mí desempeñar el papel de hermano mayor que asume los ritos funerarios de una mascota familiar.

No recuerdo la oración, ni tampoco los pasos detallados de lo que hice a modo de pequeño rito funerario. Solo sé que todo iba saliendo de la forma adecuada y que yo me sentía como si fuese una marioneta guiada por una mano experta. Sí puedo afirmar que todo el acto estuvo lleno de compasión y ternura, y que me sorprendió la falta de miedo o temor durante el proceso. Ahí estaba yo, haciendo algo que jamás pensé que pudiera hacer. Sin duda, debo agradecer todo esto a Anubis. Desde el momento en el que comencé mi devoción con él, hace casi dos años, siempre eché en falta trabajar con su faceta característica: a pesar de que es un gran protector y un excelente maestro en las artes sanadoras, me resultaba chocante no poder acceder a su popular faceta funeraria, algo que me resultaba tremendamente macabro también. Sorprendentemente, esta mañana algo hizo click en mí y me llevó a improvisar un rito de despedida para una mascota acompañado por él y sin miedo alguno, cubriendo a la vez ese aspecto del trabajo con la divinidad que hacía tiempo que sentía que debía cubrir.
Al fin y al cabo, esa es la esencia de los Dioses: estar a nuestro lado y acompañarnos durante los pequeños momentos de nuestro día a día, guiándonos cuando sea necesario, y ayudándonos si es preciso.
Va por ti, Willy. A pesar de ser un periquito agresivo y cascarrabias, te hiciste un hueco entre nosotros.
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